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jueves, 12 de junio de 2008

Proyecto Hombre desengancha a jóvenes adictos al móvil

Drogarse no es sólo inyectarse heroína o esnifar coca. Un nuevo tipo de adicto está emergiendo y lo hace enganchado a un teléfono móvil, pasando las horas muertas en un chat o preso del videojuego. Son los nuevos yonkis de la sociedad de la información.

La organización Proyecto Hombre, dedicada al tratamiento de toxicómanos, por primera vez ha acogido a dos jóvenes dependientes del móvil. Ahora saben que existe un 'botellón' electrónico que engancha tanto como algunos estupefacientes.

Durante la presentación de las últimas Jornadas sobre Adolescentes, Dependencia y Nuevos Medios de Comunicación, se puso de manifiesto que hay un tipo de adicciones sociales que no precisan de la droga para dominar al sujeto. Según Luis Bononato, de la delegación Proyecto Hombre en Jerez, los jóvenes que hacen un uso excesivo del móvil, Internet o cualquier otro instrumento tecnológico refuerzan una conducta de aislamiento. Un adolescente tímido, con escaso éxito social o acomplejado por su cuerpo ve en el chat un instrumento perfecto para cultivar amistades virtuales, pues el ciberespacio procura intimidad y anonimato.

No hay un perfil que defina al adicto a las nuevas tecnologías, pero, por la juventud de los usuarios, los que caen en la red suelen ser personas inseguras, inestables y que han perdido el ascendiente moral de la familia. Un desengaño amoroso, un mal expediente académico o un profundo sentimiento de soledad favorecen un uso abusivo de las nuevas tecnologías, según explicó Bartolomé Catalá, presidente de Proyecto Hombre. No en vano, hay una estrecha relación entre fracaso escolar y la afición desbocada por los videojuegos y el chat.

Si un joven se irrita o sufre ansiedad porque su teléfono se ha extraviado o su saldo se ha agotado es muy posible que sea un moviladicto . Esta dependencia se aprecia cuando el usuario tiene una necesidad imperiosa de usar el aparato a cualquier hora, ya sea de día o de noche. Un padre debe empezar a preocuparse cuando su hijo le confiesa -si es que se atreve- que se ha enamorado de una chica a través de un chat. No es extraño entonces que un joven empiece a perder paulatinamente sus amistades y sustituya la conversación por un sinfín de mensajes cifrados en el condensado lenguaje utilizado para los populares SMS.


(Noticia extraída de La Voz de Galicia, 2006)